El cristianismo es uno de las principales cultos del mundo, y el principal mandamiento que lo rige es el de amarnos unos a otros como Cristo nos amó. Sin embargo, la realidad es que al interior de esta gran corriente religiosa, son muchas las vertientes que existen, y como en cualquier otro ámbito organizacional, las disputas por el poder de las distintas facciones son algo común.
Hasta aquí bien. Ahora, convengamos que ver a los mismos clérigos de las distintas ramas del cristianismo perdiendo los estribos y yéndose a las manos, es algo que choca con los más profundos conceptos que tenemos, ya que todos, profesemos la fe que profesemos, vemos en los referentes de cada religión un modelo a seguir, y una de las figuras que merecen el máximo respeto en la sociedad.
Lo que motiva esta disputa es la Iglesia del Santo Sepulcro, en Tierra Santa, donde se supone que está enterrado el cuerpo de Jesucristo. Jerusalén ha sido tierra de no pocos conflictos, y el lugar más sagrado de la ciudad no está ajeno a ellos. Este templo es centro de peregrinación y adoración de distintas corrientes cristianas, que custodian el templo entre todas: católicos romanos, ortodoxos griegos, ortodoxos armenios, ortodoxos sirios, coptos y etíopes.
Por supuesto que si existen estas divisiones al interior de un credo mayor como el cristianismo, es porque hay diferencias de criterios que se han arrastrado por siglos, y el frágil equilibrio que existe en la Iglesia – fraccionada en distintos sectores para cada grupo – se quiebra fácilmente, cuando unos entienden que otros transgreden los límites.
Esta es la realidad. En uno de los lugares más sagrados, místicos y celestiales de la Tierra, los conflictos más humanos y terrenales se han desarrollado durante siglos – los mismos que tienes tú cada semana en tu oficina.
Vía: El Mundo
Añadir un comentario

