
No es posible hablar de los cafés de París sin nombrar a uno de los más reconocidos, el emblemático Café de la Paix en París. Ubicado en el noveno distrito de la ciudad, tiene el privilegio de tratarse de una obra del arquitecto Charles Garnier, el mismo que creó la Ópera de París, otro emblema de la urbe que se ubica a pocos metros, cruzando la plaza.
El Café de la Paix fue inaugurado en el año 1862, en el Grand Hotel, pensado para recibir a los visitantes de la Exposición Universal de 1867. Su cercanía con la Ópera Garnier hizo de este reducto un sitio muy popular, al punto que circula el mito entre los habitantes de la capital francesa que si uno se sienta en una mesa de este lugar, es seguro que aparecerá un amigo o conocido.
Aquí fue donde los hermanos Lumière organizaban muestras de su rudimentario cine. También han frecuentado el Café de la Paix figuras como Massenet, Orson Welles, Yves Montand, Maupassant, el rey Alfonso XIII o el Príncipe de Gales.
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El sándwich es el gran amigo del viajero. Un bocadillo es siempre una comida barata – en comparación con otras – rápida porque se come al paso y sin vajilla, y si se quiere completa, siempre que elijamos un relleno que tenga algo de proteínas como pollo, jamón, atún o huevos, y algunas verduras como tomate o lechuga, junto al energético hidrato de carbono del pan.



Los vinos son uno de los emblemas de Francia, y la variedad borgoña es de las más conocidas y apreciadas mundialmente. Este vino se produce en el este galo, en una región que va desde las ciudades de Dijon al norte hasta Santenay en el sur, a través de las regiones vitivinícolas de Côte de Nuits y Côte de Beaune.
Destacar un café en Viena sobre los otros es difícil, dado que se trata de una de las tradiciones de la ciudad, pero sin embargo nos aventuraremos a conocer el
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