
La historia de la humanidad está plagada de relatos crueles, de historia de hombres atormentados, hostigados y martirizados en manos de hombres, al punto que poco importa lo que hayan hecho para merecerlo. Pero en la ciudad más austral del mundo, Ushuaia, existió una prisión que supo albergar criminales terribles, que han causado sufrimiento como pocos, pero que sin embargo han pagado con una estancia en lo que el Dante bien pudo haber identificado como la puertas del mismo infierno.
El Penal de Ushuaia se levantó en 1904, con el fin de llevar lo más lejos posible a todo aquello que la sociedad no quiere cerca, a lo que más teme, a lo que se quiere invisibilizar. El duro clima de la zona, y lo remota de su ubicación reforzaban no sólo la seguridad de la cárcel, sino que era una forma de acentuar el castigo de los presos. Llegó a tener cinco pabellones principales, con 540 detenidos y 250 guardias. Los reclusos recibían educación primaria, de no poseerla, y realizaban distintas tareas laborales en sus talleres.
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